Yo siempre había oído eso de que el tiempo es efímero, que
la vida pasa y no nos damos cuenta, que las etapas terminan, empiezan otras
nuevas y que, ante todo, hay que adaptarse. Pero uno no entiende algo del todo
hasta que no lo vive.
Aún creo seguir siendo esa niña que comía galletas en el
recreo mientras charlaba con sus amigas, que peinaba a sus muñecas y jugaba a
las palmas, que hacía emocionarse a su madre en los recitales de ballet, que
suspendía exámenes de matemáticas, que salió por primera vez fuera de su país a
aprender inglés, que se compró sus primeros tacones. Y para qué mentir, aún lo
soy.
Ahora cada mañana me levanto, y a veces me siento perdida,
porque ya no tuerzo a la derecha para ir al colegio, ahora cojo el autobús para
no llegar tarde a la universidad.
El tiempo. ¿Qué decir de él? Que nos juega malas pasadas,
que no nos avisa de que va a ir tan rápido como lo hace. De repente esa gente
que estaba todos los días, ya no lo está. Aparecen personas nuevas en tu vida,
pero no soy de las que creen que las nuevas amistades rellenan los huecos que
dejan las anteriores. No, yo lo que creo es que se hacen un nuevo huequito en
nuestro corazón, nunca reemplazando las que ya estaban, porque la gente de verdad,
esa gente, por muchos kilómetros que haya de por medio, nunca desaparecerá.
Me gusta ser optimista, porque de nada sirve amargarse ante
los cambios, pueden ser buenos, pueden hacerte darte cuenta de quién merece la
pena de verdad, y eso es precisamente lo que me ha pasado a mí.
Me alegro de haber tenido tanta suerte, en el pasado y en el
presente. El tiempo pasa, pero lo que es de verdad, siempre lo será.
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