Por fin he comprendido que los
golpes de la vida son inevitables, pero que los momentos más felices son esos
que vivimos entre un golpe y el siguiente.
Algo, alguien que hoy te hace sonreír,
mañana te hará llorar, y esto es así.
Parece que hasta que no pasan las
malas rachas, es imposible pensar las cosas fríamente. En caliente todo sale
mal y, por supuesto, no tiene solución. La gente defrauda, y luego se arrepienten,
o no. Tener la capacidad para mirar atrás y darse cuenta de que lo que has
hecho no ha tenido sentido, pero sobre todo tener el valor de, tras
reconocerlo, tratar de arreglarlo, es una cualidad que no abunda hoy en día.
Los sentimientos evolucionan, las
personas cambian y, aunque no queramos verlo, no llueve a gusto de todos, y es
un juego a dos bandas, uno tiene que perder para que el otro gane.
Sólo me paro a escribir estas
cosas cuando reflexiono, y sólo reflexiono acerca de esto cuando me dan un
golpe. Uno de esos muchos golpes que nos da la vida, bueno, la vida no, las
personas que en algún momento forman o han formado parte de ella y deciden
dejar de hacerlo, sin dar ninguna explicación, o dando alguna que no es válida
a nuestro parecer.
¿Por qué nos quejamos tras cada
golpe si, en el fondo, desde el principio sabíamos que en algún momento
llegaría?
Por fin he comprendido que los
golpes de la vida son inevitables, pero que los momentos más felices son esos
que vivimos entre un golpe y el siguiente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario