martes, 12 de junio de 2012

Aquel día.


Todavía me acuerdo como si fuera ayer. Cerré la ventana. Dicen que es bueno ventilar, pero hacía demasiado frío.
Cuando sonó la alarma y lo vi, mi corazón se puso a mil. Me ocurre muy a menudo. Olvido las fechas importantes, pero mi móvil está ahí siempre para recordármelas. Parece mentira que dependa de un aparato, pero así es.
Aún eran las cinco, pero no sabía qué ponerme,  no había preparado la mochila y mi abrigo seguía en paradero desconocido. Los nervios me rodeaban hasta el punto de no dejarme pensar. En el colegio, en el gimnasio, en el autobús… Seguía intentando recordar los lugares en los que había estado el día anterior. “Los abrigos no tienen patas, no se pierden solos”, me había dicho mi madre. Lo cierto es que en mí es algo realmente habitual. Ya era la tercera cosa que me desaparecía en un mes. Soy un desastre.
Una caja de cereales vacía, no quedaban galletas. Zumo. Bueno al menos algo había. A la velocidad de la luz, fui capaz de engullir un vaso enorme de zumo de naranja y tomarme una magdalena, y nada más terminar me dirigí a la puerta, como si me fuera la vida en ello.
El metro no es tan rápido como parece. Eso dicen y yo ese día lo pude comprobar. Al llegar a mi destino, eché un rápido vistazo a mi alrededor. Las gafas. Se me habían olvidado, y no veo nada de lejos. Bueno no fue muy difícil verle, llevaba esa chaqueta roja que tanto me gusta, y por supuesto llevaba también esa enorme sonrisa que nunca pierde.  Se acercó a mí, y yo a él.

Ahora todo es diferente, las cosas cambian. Las pocas veces que me ve por la calle casi nunca saluda, y si lo hace no se esfuerza en esbozar una mínima sonrisa. Es simplemente por quedar bien. Vivir en una ciudad grande tiene sus ventajas, él por su lado, yo por el mío. Es increíble ver cómo puede modificarse tu forma de ver a la misma persona en tan poco tiempo. Pasar de mariposas en la tripa a indiferencia. De unas mejillas sonrojadas y una pequeña sonrisita a evitar miradas con una expresión tan seria que no merece la mínima preocupación.
Pero así es, y habrá más gente. Unos defraudan y otros no. Y las reglas de este juego consisten en conseguir conservar a los que jamás lo harán.

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